
Europa atraviesa una intensa
ola de calor que ha llevado a los termómetros a superar los 44 grados en Francia y ha puesto en alerta a gran parte del continente. En este escenario, España se enfrenta a un desafío técnico y medioambiental único: la proliferación de
centros de datos, infraestructuras críticas para la era digital que consumen grandes cantidades de energía y agua, recursos especialmente tensionados durante los periodos de altas temperaturas.
El impacto energético de la infraestructura digital
La creciente necesidad de potencia de cómputo, impulsada por el desarrollo de la
inteligencia artificial, posiciona a estos centros como los mayores consumidores de energía en un sector que, a diferencia de otros, continúa en expansión. El problema surge al considerar que, durante las olas de calor, estos sistemas requieren mucha más energía para sus procesos de refrigeración, intensificando la demanda sobre la red eléctrica.

Según datos de Ecologistas en Acción, los proyectos de centros de datos en España podrían llegar a absorber hasta el 5,9% de la electricidad nacional para el año 2030 si se ejecutan todas las propuestas actuales. Esta situación coloca al país en una posición compleja, donde la apuesta por ser un hub tecnológico compite directamente con la gestión de recursos naturales, como el agua utilizada en la refrigeración de servidores, en un contexto de sequía recurrente.
La infraestructura actual, diseñada para condiciones climáticas diferentes a las actuales, enfrenta ahora un estrés operativo que, según expertos, podría derivar en fallos del servicio o interrupciones, afectando tanto a la estabilidad de la red como a la seguridad pública en momentos de temperaturas extremas.
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