Nuevas imágenes satelitales han revelado un cambio drástico en la doctrina de defensa de Rusia. Por primera vez desde la Guerra Fría, el Kremlin ha comenzado la construcción de enormes hangares de hormigón en la base aérea de Engels, el corazón de su aviación estratégica, con el objetivo de proteger a sus bombarderos nucleares Tu-95 y Tu-160 de ataques con drones.

El fin de la seguridad por distancia
Durante décadas, los bombarderos rusos permanecieron al aire libre, confiando en la vasta profundidad territorial del país para garantizar su integridad. Sin embargo, la capacidad de Ucrania para golpear objetivos a cientos de kilómetros de la frontera ha colapsado esta idea de santuario. El uso de drones de bajo coste ha obligado a Rusia a pasar de medidas improvisadas, como colocar neumáticos sobre las alas o pintar siluetas de aviones en el asfalto, a una infraestructura de protección permanente y masiva.

El proyecto incluye la edificación de diecisiete refugios gigantes. Esta decisión subraya la vulnerabilidad de estos activos, que son insustituibles debido a la limitada capacidad de producción industrial rusa para reemplazarlos. La necesidad de bunkerizar la tríada nuclear demuestra que el entorno estratégico ha cambiado: la distancia ya no es un escudo eficaz frente a amenazas persistentes y precisas.

Un cambio de paradigma global
Este movimiento no solo afecta a la logística militar rusa, sino que está siendo observado con atención por potencias internacionales. El debate sobre la exposición de los bombarderos estratégicos, como los B-52 estadounidenses, ha cobrado fuerza tras comprobarse cómo la tecnología barata puede amenazar activos de máximo valor. La era en la que la superioridad aérea y la lejanía bastaban para proteger la aviación nuclear parece haber llegado a su fin ante el avance de las nuevas tecnologías de ataque.



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