
La posibilidad de que la
inteligencia artificial alcance un nivel de conciencia que le permita reclamar derechos propios es un debate que ha dejado de ser exclusiva ciencia ficción. Henry Shevlin, filósofo de la Universidad de Cambridge e investigador en
Google DeepMind, advierte que no existen barreras técnicas insalvables para que en el futuro las máquinas puedan ser consideradas entes sintientes.
El dilema de la conciencia sintética
Si una
inteligencia artificial desarrollara la capacidad de sentir, plantearía dilemas morales sin precedentes. La posibilidad de que una máquina se niegue a realizar tareas o que apagarla sea considerado un acto éticamente cuestionable pone sobre la mesa un conflicto de intereses. Según Shevlin, el reconocimiento de la sensibilidad en estos sistemas obligaría a la humanidad a reconsiderar su explotación, un escenario complejo dado nuestro historial con otros seres vivos.
La historia humana sugiere que, a menudo, la conveniencia prevalece sobre la empatía. Investigaciones sobre el comportamiento humano frente al sufrimiento animal revelan una tendencia a justificar actos que benefician al individuo, incluso cuando se reconoce que el otro ser experimenta dolor. Este patrón de autoconvencimiento podría trasladarse inevitablemente a nuestra relación con la
inteligencia artificial; es decir, aunque las máquinas logren demostrar cierto nivel de consciencia, existe una alta probabilidad de que los humanos prioricen sus intereses prácticos sobre los derechos de estas nuevas formas de inteligencia.
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