La historia de The Elder Scrolls, una de las sagas más influyentes del género RPG, comenzó con un escenario muy distinto al éxito global que conocemos hoy. Ted Peterson, diseñador clave que participó en el desarrollo de The Elder Scrolls: Arena y The Elder Scrolls II: Daggerfall, ha revelado que el lanzamiento del primer título fue un auténtico desastre comercial para Bethesda.

El problema principal residió en un retraso crítico de tres meses. El juego, programado originalmente para las Navidades de 1993, no llegó a las tiendas hasta marzo de 1994. Este desajuste provocó que las tiendas cancelaran masivamente los pedidos realizados, dejando al estudio en una posición financiera precaria. Peterson comparó este rendimiento con sus trabajos anteriores, señalando que incluso una expansión de Terminator 2029, también desarrollada por Bethesda, distribuyó más unidades en su lanzamiento inicial que el primer The Elder Scrolls.
El boca a boca como salvavidas de la franquicia
A pesar de este comienzo errático, la percepción del juego cambió gracias a la recomendación directa entre los jugadores. Lo que inicialmente se planteó como un riesgo extremo, dado que Bethesda era reconocida principalmente por sus simuladores deportivos, terminó consolidándose como un fenómeno inesperado. Según Peterson, aquel inicio complicado fue el cimiento de una franquicia valorada actualmente en cerca de 4.000 millones de dólares.

El impacto para los usuarios y la industria fue fundamental: el éxito a largo plazo de Arena permitió que el estudio se especializara en el rol occidental, una trayectoria que culminaría décadas después con hitos como Skyrim. Tres décadas después, las declaraciones de Peterson ofrecen una perspectiva única sobre cómo un proyecto que parecía destinado a fracasar logró transformar el futuro del estudio y del género RPG.




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