En octubre de 2006, un incidente en aguas próximas a Okinawa puso en alerta a la Marina de Estados Unidos. Un submarino chino de clase Song emergió a apenas ocho kilómetros del USS Kitty Hawk, un portaaviones que en aquel momento representaba uno de los activos más poderosos del despliegue naval estadounidense en el Pacífico.

El desafío de la detección submarina
Lo que convirtió este suceso en un punto de inflexión fue la capacidad del sumergible para aproximarse sin ser detectado. El USS Kitty Hawk no operaba en solitario; formaba parte de un grupo de combate con escoltas diseñadas específicamente para detectar amenazas bajo el agua. La aparición del navío chino en superficie demostró la dificultad técnica de localizar submarinos diésel-eléctricos modernos, que reducen drásticamente su firma acústica al operar con baterías.

De símbolo naval a chatarra
Tras décadas de servicio desde su puesta en marcha en 1961, el portaaviones fue retirado en 2009. A pesar de los esfuerzos de asociaciones de veteranos por convertirlo en un museo, la Marina de Estados Unidos decidió su desmantelamiento. En 2021, la empresa International Shipbreaking Limited adquirió el USS Kitty Hawk por un precio simbólico de un centavo. Este importe no reflejaba el valor del acero, sino la transferencia de los inmensos costes logísticos y ambientales asociados a su desguace, que requirió un viaje de remolque de casi 30.000 kilómetros hasta Texas.




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