Stellantis ha confirmado el cierre definitivo de su emblemática planta de Douvrin, en Francia, tras 57 años de actividad ininterrumpida. Esta decisión marca el fin de una era para la industria automotriz francesa y es una consecuencia directa de la crisis reputacional y técnica derivada de los problemas detectados en el motor PureTech, que obligaron a la compañía a asumir reparaciones masivas y ampliar garantías a principios de 2025.
El impacto de una estrategia fallida
El motor PureTech 1.2 se convirtió en el epicentro de una polémica sin precedentes para el fabricante. La búsqueda de un ahorro extremo en los costes de producción derivó en un diseño donde la correa de distribución bañada en aceite sufría un desgaste prematuro debido a la contaminación por residuos de combustible. Esta deficiencia técnica provocó roturas inesperadas que pusieron en peligro la integridad mecánica de los vehículos, generando miles de quejas de usuarios y un daño reputacional que la empresa ha intentado frenar sustituyendo la gama por el nuevo Turbo 100. El cese de la producción de estos propulsores y la falta de nuevas adjudicaciones para la planta de Douvrin —que también dejó de fabricar el diésel 1.5 BlueHDI el año pasado— han dejado a la factoría sin viabilidad operativa dentro del actual plan estratégico del grupo.



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